Contando Olas

De pequeña cuando tenía 8 años y nos pasábamos el domingo en la playa, me entretenía contando olas, me dejaba llevar por su vaivén y podía pasarme horas sentada cerca de la orilla, contando, contando, dejando todo y solo contando. No existía nada, solo las olas y yo, nadie podía lastimarme mientras contaba olas.

36 años más tarde me sigue calmando el mar, he perdido la costumbre de contar olas, tengo que retomarla, porque en realidad me estoy dando cuenta que era una forma de meditación, me concentraba tanto en el conteo y en el sonido de las olas que el mundo no existía, solo estábamos las olas y yo. Claro está que con 8 años no tenía conciencia de lo que ello significaba, aunque me sentía segura y tranquila, pero no me daba cuenta del poder de las olas.

Vivo cerca del mar, a 30´ en coche de las primeras playas, mi querida costa gallega, sus olas han aliviado mis penas, he contribuido a aumentar el nivel de sal del mar con mis lágrimas, y el mar siempre me ha acariciado con su frescura. Hace mucho tiempo que sólo voy al mar en verano, tengo que retomar la costumbre de visitarlo en invierno, ahora me doy cuenta de que lo necesito.
El mar lo limpia todo, se lleva las penas, disfruta de tus alegrías y te deja libre y despejada.

Hoy me siento en la orilla y veo a aquella niña de 8 años, tímida e indefensa buscando consuelo en las olas, dejándose hipnotizar por su encanto.
Y necesito sentirme orgullosa de aquella niña, que ha luchado en la vida para seguir a flote, que ha sido capaz de construir una barca para surcar las olas, a veces ha tenido pequeños naufragios, pero siempre ha salido a flote, y siempre, siempre a sabido que podía contar olas, aunque lo hubiese olvidado algún tiempo, perdida en sus pequeños naufragios, sabe que la mujer en la que se ha convertido seguirá contando olas hasta el día que emprenda su viaje y deje este planeta.

Así que voy a coger mi pequeña barca y surcaré las olas para decirle a la niña que fui que ya no está sola. Es importante reconciliarse y hablar con el niñ@ que un día fuimos, y dejarle llorar las penas que un día guardó en lo más profundo de su interior, para que salga la tensión acumulada con los años, esa tensión que ha hecho tanto daño, que llevamos dentro porque no sabíamos cómo gestionarla y decidimos guardarla para no sufrir, pero nos fue haciendo un vacío tan grande en nuestro pecho, que crecimos incompletos, sin saber qué es lo que nos faltaba.




 Hablar con la niña que fui y ponerme en su piel, en su cuerpo, en su mente para abrir lo más profundo de mi interior y dejar salir el vacío para llenarlo de lágrimas de esperanza y amor. Si te quieres la vida te querrá, si te tienes en consideración, e intentas escucharte, la vida fluirá dentro y fuera de ti y serás libre. En cambio si no dejas salir el vacío, toda esa rabia con la que has crecido volverá oscuros tus días y más oscuras tus noches y la vida será un infierno de tinieblas donde no sabrás encontrar la luz, aunque esta sea intensa y brillante no la verás porque te cegará el miedo.

La responsabilidad de cambiar está en mis manos y no en que cambien los que me han hecho daño, es su problema y no el mío, su forma de actuar es problema suyo, mi forma de responder de afrontarlo es responsabilidad mía.



Soy consciente del daño,  también soy consciente de que puedo aliviarlo, aunque  necesito pedir ayuda y eso a veces es lo que más cuesta, pero he conseguido ver un pequeño brillo de esa intensa luz allá a lo lejos entre las tinieblas y sé que a partir de hoy podré algún día ver todo mi cielo azul y las tinieblas quedarán despejadas. El proceso es lento y doloroso pero tengo que hacerle frente si quiero curarme y vivir mi vida, tengo que seguir contando olas para fluir.




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